La Mirilla, cuentos de ahora

Todos conocemos de alguna mirilla que nos hemos encontrado en las puertas por la que observamos a través de ella para responder a un llamado o ver de quién se trata.

Se percibe una realidad diferente a través del lente “ojo de pescado” pero nos da la oportunidad también de imaginar más allá de lo que captamos. Crear continuidad a nuestra mirada y la historia que hemos construido, siguiendo una silueta que se esfuma de nuestro campo visual conforme avanza, era parte del juego.

A partir de hoy iré integrando esas historias que me han acompañado a lo largo de mi existencia que datan desde que tengo razón, algunas han sido mencionadas en reuniones de familiares con enorme incredulidad dado que no eran del conocimiento general.

Encontrarás de todo en La Mirilla, desde historias cercanas a la muerte y mi percepción de ellas como las aventuras de un niño que nunca encontró límites en su crecimiento y educación; buen jinete, ávido de experiencias que a temprana edad fueron hazañas personales y muchos poemas selectos que me integran a un amor en el pasado.

Agradeceré sus comentarios a mis historias.

Todos los derechos reservados. Copyright 2018.

10- Sonetos X, XI y XII

Pablo Neruda

Soneto X

Suave es la bella como si música y madera,

ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,

hubieran erigido la fugitiva estatua.

Hacia la ola dirige su contraria frescura.

El mar moja bruñidos pies copiados

a la forma recién trabajada en la arena

y es ahora su fuego femenino de rosa

una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

Ay, que nada te toque sino la sal del frío!

Que ni el amor destruya la primavera intacta.

Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

deja que tus caderas impongan en el agua

una medida nueva de cisne o de nenúfar

y navegue tu estatua por el cristal eterno.

Soneto XI

Suave es la bella como si música y madera,

ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,

hubieran erigido la fugitiva estatua.

Hacia la ola dirige su contraria frescura.

El mar moja bruñidos pies copiados

a la forma recién trabajada en la arena

y es ahora su fuego femenino de rosa

una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

Ay, que nada te toque sino la sal del frío!

Que ni el amor destruya la primavera intacta.

Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

deja que tus caderas impongan en el agua

una medida nueva de cisne o de nenúfar

y navegue tu estatua por el cristal eterno.

Soneto XII

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

qué oscura claridad se abre entre tus columnas?

Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,

con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:

amar es un combate de relámpagos

y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,

tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,

y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre

hasta precipitarse como un clavel nocturno,

hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

11-Te quiero porque tienes…

Te quiero porque tienes

las partes de la mujer en el lugar preciso

y estás completa.

No te falta ni un pétalo,

ni un olor, ni una sombra.

Colocada en tu alma,

dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,

leche de luna en las oscuras hojas.

Quizás me ves,

tal vez, acaso un día,

en una lámpara apagada,

en un rincón del cuarto donde duermes,

soy la mancha, un punto en la pared,

alguna raya que tus ojos, sin ti,

se quedan viendo.

Quizás me reconoces

como una hora antigua

cuando a solas preguntas, te interrogas

con el cuerpo cerrado y sin respuesta.

Soy una cicatriz que ya no existe,

un beso ya lavado por el tiempo,

un amor y otro amor que ya enterraste.

Pero estás en mis manos y me tienes

y en tus manos estoy, brasa, ceniza,

para secar tus lágrimas que lloro.

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras

me dirás que te amo? Esto es urgente

porque la eternidad se nos acaba.

Recoge mi cabeza. Guarda el brazo

con que amé tu cintura. No me dejes

en medio de tu sangre en esa toalla.

Jaime Sabines.

9- Oda la Viento

Wind, Vladimir Kush

Siento como mis manos recorren

el abismo de tu cuerpo, Inmutable.

Relajante e inquieto,

El alma, el aire,

Transitable

Amable…

Se percibe su aroma tranquilo, suave

Incita, Excita

A un comienzo loable

Se busca, se une

Se separa

Vuelve, regresa.

Viento en mis espaldas

Cómo añoro tus palabras en aquella mañana otoñal

Cuando siendo aún rojo y temprano

Invitaste a conversar a tus hijos;

Mas,

Piedad para el que solo creyó oír

Y no sentir

Siete veces siete

El deber de amar en cuerpo y alma

A todo aquello vivo y verde y muerto;

Y hoy te ofrezco, Padre mío,

Mi ser, carne y espíritu

Por la sabiduría de la Paciencia.

Aprender, dijiste…

Mas mi comienzo fue de prisa

Y encontré la soledad,

Negra y vacía y llana,

Experimenté solo, y así quedé.

Por eso, padre mío,

Al recordarte ahora

Con una mujer en mis brazos

Sus caricias sobre mi desnudo cuerpo

Y Júpiter juzgando,

Te siento en mí,

Tangible,

Palpable,

Y juro por Dios,

Que amaré.

8- Podríamos tratar de describir tu cuerpo

Podríamos tratar de describir tu cuerpo, en líneas espontáneas…

Comencemos por la faz, brillante, iluminada del saberse amada.
Tu mirada luego, la gloria para cualquier mortal. Profunda, penetrante, que traspasa e intimida.

Son ojos que descifran cualquier enigma, confunden, enamoran, desnudan; todo aquel que sea mirado, quedará marcado para siempre con su envidiable encanto.
Tu sonrisa ahora, el paraíso alucinado del idiota en la cueva. No hay ni habrá una llamada de atención más impactante que voltear y encontrarme con ella.

Una extensión de tu rostro, que emite una deslumbrante jerarquía de monarca, probablemente egipcia, es tu estilizado cuello.

Miles de rutas surcan tu pecho, aquel por recorrer infinitamente, sediento, en busca del elíxir que me alimenta el alma.

Hombros seductores, desnudos, ébanos articulados que adoro acariciar.

Al reverso, esa área erótica que con solo rozarla uno de mis dedos mágicos se enciende con bullicioso aroma y sudor. Aterrizar mis manos en tu espalda es sin duda mi obsesión matutina.
Brazos de mármol formados, no con cincel pero con caricias de suaves mares, aquellos que añoro tener a mi alrededor, que me asfixien con su fuerte brillo.

Senos perfectos conformados de lava hirviente, mantienen mi pasión perenne en sus islas eróticas cuyos besos acallo hasta la embriaguez de mis sentidos.

Torso delirante, piel aterciopelada, el cosmos que brilla ante un sol incandescente. Es la esencia del ritmo frenético cuando te amo.

Muslos íntegros, más grandes que la imaginación de Fidias, resplandecen con el movimiento de tu vaivén, molesta no poder asirlos cuando se desplazan por el corredor, cuando los besos del pasillo se imponen.

Piernas alargadas, pies oníricos, fuerza de mi caminar cuando te deseo y encuentro.

Y finalmente tus manos, que en este irracional orden son últimas, magia de los sentidos, extensión de los deseos, tu primer contacto con mi ser, desde tiempos ancestrales. Inolvidables para el que las prueba y hechizo para el que las ve, pertenecen desde el inicio del tiempo a mi alma, vibran, mueven hilos, deciden destinos, ordenan destierros y señalan la luz de mi amor.

®Derechos reservados 2016. La Mirilla.

7-Regreso a Ítaca

 Si vas a emprender el viaje a Itaca
 pide que tu camino sea largo,
 rico en experiencia, en conocimiento.
 A Lestrigones y a Cíclopes,
 o al airado Poseidón nunca temas,
 no hallarás tales seres en tu ruta
 si alto es tu pensamiento y limpia
 la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
 Ni a Lestrigones ni a Cíclopes,
 ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
 si no los llevas dentro de tu alma,
 si no es tu alma quien ante ti los pone.
 Pide que tu camino sea largo.
 Que sean numerosas las mañanas de verano
 en que, con placer, felizmente,
 arribes a bahías nunca vistas;
 detente en los emporios de Fenicia
 y adquiere hermosas mercancías,
 madreperlas y coral y ámbar y ébano,
 perfumes deliciosos y diversos,
 cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
 visita muchas ciudades de Egipto
 y con avidez aprende de sus sabios.
 Ten siempre a Itaca en la memoria.
 Llegar allí es tu meta.
 Mas no apresures el viaje.
 Mejor que se extienda largos años;
 y en tu vejez arribes a la isla
 con cuanto hayas ganado en el camino,
 sin esperar que Itaca te enriquezca.
 Itaca te regaló un hermoso viaje.
 Sin ella el camino no hubieras emprendido.
 Mas ninguna otra cosa puede darte.
 Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
 Rico en saber y vida, como has vuelto,
 comprendes ya qué significan las Itacas.
  
 Konstandinos Kavafis 

6-No es que muera de amor

  No es que muera de amor, muero de ti....

 Muero de ti, amor, de amor de ti,
 de urgencia mía de mi piel de ti,
 de mi alma, de ti y de mi boca
 y del insoportable que yo soy sin ti.
 Muero de ti y de mi, muero de ambos,
 de nosotros, de ese,
 desgarrado, partido,
 me muero, te muero, lo morimos.
 Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
 en mi cama en que faltas,
 en la calle donde mi brazo va vacío,
 en el cine y los parques, los tranvías,
 los lugares donde mi hombro 
 acostumbra tu cabeza
 y mi mano tu mano
 y todo yo te sé como yo mismo.
 Morimos en el sitio que le he prestado al aire
 para que estés fuera de mí,
 y en el lugar en que el aire se acaba
 cuando te echo mi piel encima
 y nos conocemos en nosotros, 
 separados del mundo, dichosa, penetrada, 
 y cierto , interminable.
 Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
 entre los dos, ahora, separados,
 del uno al otro, diariamente,
 cayéndonos en múltiples estatuas,
 en gestos que no vemos,
 en nuestras manos que nos necesitan.
 Nos morimos, amor, muero en tu vientre
 que no muerdo ni beso,
 en tus muslos dulcísimos y vivos,
 en tu carne sin fin, muero de máscaras,
 de triángulos oscuros e incesantes.
 Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
 de nuestra muerte , amor, muero, morimos.
 En el pozo de amor a todas horas,
 inconsolable, a gritos,
 dentro de mi, quiero decir, te llamo,
 te llaman los que nacen, los que vienen
 de atrás, de ti, los que a ti llegan.
 Nos morimos, amor, y nada hacemos
 sino morirnos más, hora tras hora,
 y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines.

5- Vuelve

Vuelve muchas veces y tómame

Sensación amada, vuelve y tómame

Cuando se despierta la memoria del cuerpo

Y un viejo deseo cruza de nuevo por la sangre

Cuando los labios y la piel recuerdan

Y sienten como si volvieran a tocar.

Vuelve muchas veces y tómame en la noche,

Cuando los labios y la piel recuerdan.

Constantin Kavafis

4- Seis lineamientos para una vida correcta

  1. Consume conscientemente.

      Come con conciencia y gratitud.

      Detente antes de comprar y ve si respirar es suficiente.

      Pon atención a los efectos de los artículos que consumes.

  1. Haz una pausa. Respira. Escucha.

      Cuando te sientas impelido a hablar en una conversación o una reunión,

      haz una pausa.

      Respira antes de entrar a tu hogar, tu lugar de trabajo o tu escuela.

      Escucha a las personas que encuentras, ellas son Budas.

  1. Practica la gratitud.

      Percátate de lo que tienes.

      Está igualmente agradecido por las oportunidades y los desafíos.

      Comparte la alegría, no la negatividad.

  1. Cultiva la compasión y la amabilidad cariñosa.

      Date cuenta de dónde se necesita ayuda y apréstate a ayudar.

      Considera las perspectivas de los demás profundamente.

      Trabaja por la paz en muchos niveles.

  1. Descubre la sabiduría.

      Cultiva una mente que “no sabe”.

      Encuentra las conexiones entre las enseñanzas budistas y tu vida.

      Mantente abierto a lo que surja cada momento.

  1. Acepta el cambio constante.

Enter in Peace

3-Correspondencia

Hola mi Fer: Que fuerte han sido tus días desde la comida…ni modo, hay unos días más intensos que otros. Que duro lo de tu tía, todo lo que implica una muerte.

Te platico, amo la labor del voluntariado. Si por mi fuera me la pasaría allí. Me encanta la idea de ayudar a alguien a sentirse un poco mejor. Aquí en el hospital he aprendido la importancia de una palabra, un gesto una mirada…En fin todo lo que puede ayudarnos a sentirnos un poquito mejor. Trabajo en el Hospital I. A veces en Mirador (junto al Columbia de tan gratos recuerdos) Y a veces en Santa Cruz. Algunos días estoy en informes, pretendiendo que la gente que llega sacada de onda, ubique dónde quiere ir,  a qué médico busca o que hacer en un caso de emergencia. Donde más me he enriquecido es visitando cuartos tratando de dar algo de mí, de empatía, alegría, consuelo, en fin lo que voy sintiendo con cada enfermo. Eso me llena mucho el alma. Creo que recibo mucho más de la gente que visito que ellos de mí. Siempre he pensado que soy una médica frustrada. Me hubiera fascinado estudiar medicina.

Cambiando de tema y platicándote de mi cotidiano, después de mi labor en el hospital amo bailar. Es una terapia para mí sacar por medio del movimiento y la música los sentimientos. Espero que hoy haya sido un buen día para tí. Me encanta poder platicarte por este medio un poco más de mí. Vamos a ponernos de acuerdo para desayunar. A mí me va bien el fin de semana, ¿cómo andas tú? Te abrazo desde aquí con mucho cariño…

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2-Segundo probable inicio

Era de noche y el grupo de gitanos se reunía para celebrar el aquelarre fuera de la cueva donde amarado de cuernos y patas, estaba al cabrito azabache. Frente a él ardía una gigantesca hoguera de lenguas naranjas y violetas que iluminaban el campamento y matizaban la noche con una perfecta combinación roja y negra. Para Soraya, la ceremonia adquiría otro sentido a la medianoche; era momento de apartarse de la muchedumbre para recibir el abrazo del amado, aquel hombre que la hacía viajar a otra dimensión y sentir que la tierra giraba al revés.

Aquelarre es una palabra castellana que deriva a su vez de la voz vasca akelarre (del euskera aker, macho cabrío, y larre, prado), que significa “prado del macho cabrío”, pues se pensaba que el Diablo se hacía presente en medio de las brujas bajo la forma de ese animal y en ese preciso lugar.

El aquelarre es la forma genérica de denominar a la agrupación o reunión de brujas y brujos para la realización de rituales y hechizos, bien como creencia religiosa precristiana o neopagana, o bien aceptado en escritos cristianos como actos de invocación y adoración a Lucifer. Este término también se emplea ampliamente en las obras de ficción y fantasía para definir a los clanes o grupos brujescos que se juntan para efectuar ceremonias mágicas y encantamientos, tanto benévolos como maléficos.

Tanto el diccionario de Espasa como el de Santillana, así como la enciclopedia Larousse, definen la palabra simplemente como una congregación de brujas y brujos, mientras que el Diccionario de la lengua española acepta únicamente el término como reunión nocturna de brujas y brujos presidida por Satanás que generalmente se presenta en forma de macho cabrío, acepción coincidente con la veneración diabólica aportada desde el cristianismo. Si bien miles de personas fueron ajusticiadas bajo la acusación de haber participado en estos encuentros luciferinos, sólo han llegado hasta nosotros las actas acusatorias; no han sobrevivido pruebas de que estas reuniones realmente se hayan realizado. No obstante, y de seguir con la teoría que insiste en la veracidad de este tipo de sabbats o aquelarres, su época de apogeo parece haber tenido lugar entre fines de la Edad Media hasta el siglo XVIII.

cabra negra
Macho cabrío negro de los Pirineos o Akerbeltz.

Es interesante destacar que Anna Armengol (Universidad Autónoma de Barcelona) en su estudio de la brujería indica sobre el origen de la palabra que: “Por lo que respecta al origen de la palabra aquelarre, la hipótesis de Mikel Azurmendi de que no es una palabra vasca, sino una construcción culta emanada del lenguaje jurídico culto, ha sido corroborada recientemente por Henningsen. Éste afirma que se trata de una construcción erudita de principios del siglo XVII. Incluso precisa la creación de dicho término datándola entre el 14 de febrero de 1609, en que el Tribunal de Logroño recibe un nuevo grupo de presos de Zugarramurdi, y el 22 de mayo del mismo año, en que la palabra aparece por primera vez. Ha sido posible detectar como probable “inventor” de la palabra, al inquisidor Juan del Valle Albarado”.

Antropológicamente, los aquelarres eran reminiscencias de ritos paganos que se celebraban de forma clandestina al no estar admitidos por las autoridades religiosas de una época. La prohibición de estas prácticas mágicas se encuentra ya en la Ley de las XII Tablas (Tabula VIII). En la época de Sila se promulgó la Lex Cornelia de Sicariis et Veneficiis, que insiste en esta prohibición.

En el inicio de los tiempos, los aquelarres fueron promovidos por magos y brujas para curar el alma y el cuerpo de sus enfermos. La orgiástica ceremonia se llevaba a cabo cada luna llena en adoración al cabrón azabache, era una celebración a la vida y los placeres que la acompañan, y el vino, la danza, los cantos y la música, el humo del incienso, el fuego enardecido y los rituales de magia era parte de ella. Los cantos de los gitanos y el sonido de las guitarras tocadas con un estilo salido del alma que enajena, que crispa los cabellos, que enloquece los sentidos, inundaba las noches de aquelarre.

Una larga cabellera negra y brillante, unos ojos negros con una mirada de edades más allá de los tiempos se asomaba tras las rocas y delimitaba la entrada a la cueva. Era Soraya que se mantenía a la expectativa calculando el momento exacto para poder huir al fondo del bosque sin ser vista y encontrarse con él. La fuerza de la determinación era su motivo de vida; el amor, su recurso y refugio.

El baile frenético seguiría toda la noche hasta la desaparición de la luna llena, cuando todo volvería a la normalidad. La danza exuberante con el macho cabrío y la cura de los enfermos era el momento idóneo. Soraya anticipaba delirante, ansiosa y hasta angustiada el momento preciso.

Soraya temía sólo a una cosa: la fuerza de su padre quien encorvado como un duende maligno, se mantenía al acecho para no permitir los escapes de gloria y libertad de su hija. Fugaz nunca permitidas y siempre negadas; ella no podía tener cerca la presencia de un hombre, un amigo o un compañero; el único permitido sería siempre él, su padre, a quien debería de cuidar hasta la muerte. Ese era su sino, su misión por ser mujer y primogénita.

Soraya había sufrido al lado de ese hombre toda su infancia; era un ser violento y estricto que tenía por costumbre aquietarla con duros regaños y golpes en el cuerpo donde nadie lo notara, para no ser blanco de críticas por su brutal manera de ejercer la disciplina. Encontraba placer en exhibir la belleza de su primogénita y le exigía brindar sus favores ya fuera a los artistas de otras latitudes y clanes que él mismo invitaba, o a sus amigos de farra. Soraya – debía bailar, cantar o acceder a cualquier petición que le hicieran.

Estar siempre ebrio y del humor que mejor le pareciera igual que fumar hasta el amanecer con sus amigos en fiestas de excesos, era lo habitual en él. Era como un ogro extraído de un cuento de horror, un ser mitológico del averno, sin duda alguna. Su cuerpo se había deformado hasta convertirlo en un décimo de su formato original. Demasiadas bacanales le habían afectado de tal manera el razonamiento que cuando no estaba totalmente cuerdo le daba por intentar dominar por la fuerza a todo aquel que le rodeara.

Siendo patriarca del clan, alguna vez demostró su capacidad de liderazgo e integridad cuando luchó por preservar y poner a salvo de la extinción a los miembros de su grupo. Pero los interminables desórdenes en su vida obraron una profunda transformación en su persona; su mente y su corazón se fueron hacia el lado oscuro. Entonces comenzó a anteponer sus placeres e intereses personales sobre las necesidades de su gente y poco a poco el gusto por verlo se convirtió en repulsión y dejaron de buscarlo amigos, compañeros de caza y de botellas. Todos lamentaban el deplorable estado en el que se encontraba, y en el que habría de morir irremediablemente, después de mucho tiempo.

Su condición le condenó a ser apartado del consejo del clan. La gente que lo rodeaba ahora lo soñaba, deseaba y hasta hubiera pagado por verlo muerto, pero él se resistía a dejar el mundo de los placeres, del dominio sobre todo lo que le rodeaba; aún sin la capacidad suficiente para hacerlo, terco y obcecado, cosechando más angustias, provocando más dolor, ejerciendo y cubriendo al mundo que lo rodeaba de oscuridad, de maldad y vejación, siempre se mantuvo aferrado a su perversidad.

La edad, aunada a sus incansables dolencias, eran motivo de queja constante desde su mejor papel de víctima para llamar la atención de su hija.

Él sospechaba de los escapes de Soraya, y aquella noche no despegaba la mirada del único paso franco hacia las profundidades del bosque. Agazapado entre ramas de helechos y arbustos teñidos de luces fulgurantes, sabía que llegaría el momento en que podría confirmar sus temores: el hechizo que ese hombre venido de otra raza, que cautivaba a su hija  mayor y la más bella de todas, se haría presente; entonces sabría cómo la invitaba a la desobediencia  sólo con la mente.

Aquella noche, la preferida por su hermosura y personalidad, estaba lista para el encuentro. Mujer esbelta de contornos suaves,  de movimientos agitados al bailar que externaban su sangre y su origen vibrante en cada giro cuando bailaba con la gracia de un ángel; su rostro, con esa belleza que impacta, tez morena y ojos oscuros iluminados por la energía de vidas pasadas; labios simétricos deseosos de conjurar su penitencia dolorosa, expresaban la tensión de una resuelta actitud. Totalmente ataviada con ornamentos que resaltaban su hermosura, salió de su escondite y se encaminó hacia el bosque.

Al ritmo del laúd y del pandero los asistentes comenzaron a bailar convirtiendo el entorno en una fiesta frenética de  danzas alegóricas de doncellas y hábiles intérpretes. Soraya hizo un ademán invocando a los dioses y se despidió en silencio del grupo con un ligero temor a lo desconocido, pero resuelta a intentarlo. Al giro de uno de los bailarines desaparece de la escena saltando de golpe y se interna en la noche; su padre,  que hasta entonces se hallaba a unos cuantos pasos de la estrecha vereda que delimitaba el campamento de la floresta, la busca entre la multitud pero no logra verla; se esfuerza,  se inquieta, pero no quiere ser detectado.

Envuelta en una capa oscura, ella llama a todos sus protectores con la fuerza de la mente y se enfila sigilosamente hacia los brazos del amado que la espera cruzando el puente de las cumbres, del otro lado del río.

Él, joven de otra cultura que alguna vez la contempló, grácil y sugerente, danzando armoniosamente para las fiestas del pueblo, perdió su inocencia sólo con haberla mirado; no existió desde entonces ninguna otra doncella que hiciera sentir al corazón dando vueltas sobre su eje.

Él pertenecía a una familia de destacados comerciantes que llevaban materias primas a otras comunidades y retornaban con productos terminados; así era como podían mantener una posición cómoda. No acostumbraban el intercambio con gitanos porque los consideraban poco confiables debido a sus antecedentes nómadas.  Paradójicamente, una fiesta gitana donde todos eran uno al momento del éxtasis fue el lugar de su primer encuentro con Soraya, y agradeció al universo esa sincronía; la interpretó a la usanza mitológica de pertenecerse en cuerpo y alma, pasando por alto hábitos y costumbres.

Ya en lo profundo del bosque ella suspira, tiene miedo, irradia el anhelo de libertad mas no lo refleja por estar prohibido dentro de su comunidad. Sabe que su padre será implacable con ella si descubre su secreto. Ella se aleja del grupo y se dirige al otro lado del rio. Su amado entiende que es el momento de salir a su encuentro, y sin cuidar sus pasos se interna en la espesura del bosque con una visión de ensueño en la que Soraya le tiende los brazos amorosamente.; va ciego, anestesiado por el enamoramiento, absorto con la imagen solamente de ella en el corazón.

El padre decide adelantarse por el camino más corto hacia el río, sabe que ella no desaparecerá por arte de magia. Presiente que encontrará lo que tanto busca, la culpabilidad de Zoraya al haber entrado en contacto con un hombre que no es de su raza ni de sus costumbres y tiene planes que ya están trazados.

En la otra orilla se encuentra un contingente de paisanos que salen de viaje, llevan un circo de animales salvajes y seres fenomenales. Van visitando los pueblos, atraen a los habitantes aprovechando su curiosidad por lo nuevo y lo desconocido, por lo grotesco y lo atractivo, lo bello o lo amorfo, para todos hay. El dueño del circo ha jugado una noche con el padre  de Soraya y le ha ganado una apuesta: poseer a la más altiva, a la más hermosa de sus hijas y a cambio de ello, perdonarle sus deudas. Y así el doble plan funcionaría de mil amores.

Ella cruza el puente a oscuras y repentinamente se ilumina la carpa, el patrón salta de entre la hierba. Sorprendida, queda a merced de su captor que la obliga a ingerir una sustancia que le adormece los sentidos, pierde su voluntad, olvida su cometido, abandona la vida y se vuelve un artífice de circo.

-“¡Danza, mujer, que para eso estás en la vida!”-, le grita el patrón.

Ella se queda girando vuelta tras vuelta tras vuelta, perdida en la inconsciencia sin detenerse para descansar; el patrón ríe y goza la fabulosa prenda que le hará rico en sus próximos viajes.

En uno de los puestos laterales, el padre de un lado, el muchacho del otro, se encuentran cara a cara. Un cinismo más allá de toda dignidad humana se refleja en el rostro el padre al ver la desesperación del mozalbete cuando cree que Zoraya se ha ido con otro hombre. El joven no presiente más allá de sus celos y queda atónito con su hipnótica danza.

El padre ríe a placer en la cara del muchacho quien intenta recuperar la imagen que tenía de su amada lanzándose sobre el patrón con la mirada llena de sangre, deseando acabar con su vida, pero es detenido por un par de trapecistas que le propinan una golpiza mayúscula.

Ella, se fue con el circo y nunca más volvió, perdió la noción del tiempo y se convirtió en una nómada sin alma. Desapareció del mapa dejando atrás un amor que estaba destinado a trascender siglos. Él, murió de amor, se fue consumiendo de poco en poco, se apartó del mundo y dejó de luchar por sus ideales, no tuvo interés más allá del de sobrevivir. La llama que lo consumía por dentro terminó con su vida en cuestión de meses y nadie supo claramente el motivo de su muerte.

Sin embargo, dentro de su corazón, sabía que, alguna vez, en un futuro y en otra vida, llegaría de nuevo a sus brazos para regalarse entero, para decirle todo lo que había contenido esa noche y que nunca pudo pronunciar. Estaría de vuelta para vivir plenamente a su lado, aunque fuera por un instante, para entregarle lo mejor de su vida, sin frenos ni barreras.

Ahora, el volver a ti me hace soñar de nuevo.