8- Podríamos tratar de describir tu cuerpo

Podríamos tratar de describir tu cuerpo, en líneas espontáneas…

Comencemos por la faz, brillante, iluminada del saberse amada.
Tu mirada luego, la gloria para cualquier mortal. Profunda, penetrante, que traspasa e intimida.

Son ojos que descifran cualquier enigma, confunden, enamoran, desnudan; todo aquel que sea mirado, quedará marcado para siempre con su envidiable encanto.
Tu sonrisa ahora, el paraíso alucinado del idiota en la cueva. No hay ni habrá una llamada de atención más impactante que voltear y encontrarme con ella.

Una extensión de tu rostro, que emite una deslumbrante jerarquía de monarca, probablemente egipcia, es tu estilizado cuello.

Miles de rutas surcan tu pecho, aquel por recorrer infinitamente, sediento, en busca del elíxir que me alimenta el alma.

Hombros seductores, desnudos, ébanos articulados que adoro acariciar.

Al reverso, esa área erótica que con solo rozarla uno de mis dedos mágicos se enciende con bullicioso aroma y sudor. Aterrizar mis manos en tu espalda es sin duda mi obsesión matutina.
Brazos de mármol formados, no con cincel pero con caricias de suaves mares, aquellos que añoro tener a mi alrededor, que me asfixien con su fuerte brillo.

Senos perfectos conformados de lava hirviente, mantienen mi pasión perenne en sus islas eróticas cuyos besos acallo hasta la embriaguez de mis sentidos.

Torso delirante, piel aterciopelada, el cosmos que brilla ante un sol incandescente. Es la esencia del ritmo frenético cuando te amo.

Muslos íntegros, más grandes que la imaginación de Fidias, resplandecen con el movimiento de tu vaivén, molesta no poder asirlos cuando se desplazan por el corredor, cuando los besos del pasillo se imponen.

Piernas alargadas, pies oníricos, fuerza de mi caminar cuando te deseo y encuentro.

Y finalmente tus manos, que en este irracional orden son últimas, magia de los sentidos, extensión de los deseos, tu primer contacto con mi ser, desde tiempos ancestrales. Inolvidables para el que las prueba y hechizo para el que las ve, pertenecen desde el inicio del tiempo a mi alma, vibran, mueven hilos, deciden destinos, ordenan destierros y señalan la luz de mi amor.

®Derechos reservados 2016. La Mirilla.

7-Regreso a Ítaca

 Si vas a emprender el viaje a Itaca
 pide que tu camino sea largo,
 rico en experiencia, en conocimiento.
 A Lestrigones y a Cíclopes,
 o al airado Poseidón nunca temas,
 no hallarás tales seres en tu ruta
 si alto es tu pensamiento y limpia
 la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
 Ni a Lestrigones ni a Cíclopes,
 ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
 si no los llevas dentro de tu alma,
 si no es tu alma quien ante ti los pone.
 Pide que tu camino sea largo.
 Que sean numerosas las mañanas de verano
 en que, con placer, felizmente,
 arribes a bahías nunca vistas;
 detente en los emporios de Fenicia
 y adquiere hermosas mercancías,
 madreperlas y coral y ámbar y ébano,
 perfumes deliciosos y diversos,
 cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
 visita muchas ciudades de Egipto
 y con avidez aprende de sus sabios.
 Ten siempre a Itaca en la memoria.
 Llegar allí es tu meta.
 Mas no apresures el viaje.
 Mejor que se extienda largos años;
 y en tu vejez arribes a la isla
 con cuanto hayas ganado en el camino,
 sin esperar que Itaca te enriquezca.
 Itaca te regaló un hermoso viaje.
 Sin ella el camino no hubieras emprendido.
 Mas ninguna otra cosa puede darte.
 Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
 Rico en saber y vida, como has vuelto,
 comprendes ya qué significan las Itacas.
  
 Konstandinos Kavafis 

6-No es que muera de amor

  No es que muera de amor, muero de ti....

 Muero de ti, amor, de amor de ti,
 de urgencia mía de mi piel de ti,
 de mi alma, de ti y de mi boca
 y del insoportable que yo soy sin ti.
 Muero de ti y de mi, muero de ambos,
 de nosotros, de ese,
 desgarrado, partido,
 me muero, te muero, lo morimos.
 Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
 en mi cama en que faltas,
 en la calle donde mi brazo va vacío,
 en el cine y los parques, los tranvías,
 los lugares donde mi hombro 
 acostumbra tu cabeza
 y mi mano tu mano
 y todo yo te sé como yo mismo.
 Morimos en el sitio que le he prestado al aire
 para que estés fuera de mí,
 y en el lugar en que el aire se acaba
 cuando te echo mi piel encima
 y nos conocemos en nosotros, 
 separados del mundo, dichosa, penetrada, 
 y cierto , interminable.
 Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
 entre los dos, ahora, separados,
 del uno al otro, diariamente,
 cayéndonos en múltiples estatuas,
 en gestos que no vemos,
 en nuestras manos que nos necesitan.
 Nos morimos, amor, muero en tu vientre
 que no muerdo ni beso,
 en tus muslos dulcísimos y vivos,
 en tu carne sin fin, muero de máscaras,
 de triángulos oscuros e incesantes.
 Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
 de nuestra muerte , amor, muero, morimos.
 En el pozo de amor a todas horas,
 inconsolable, a gritos,
 dentro de mi, quiero decir, te llamo,
 te llaman los que nacen, los que vienen
 de atrás, de ti, los que a ti llegan.
 Nos morimos, amor, y nada hacemos
 sino morirnos más, hora tras hora,
 y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines.

5- Vuelve

Vuelve muchas veces y tómame

Sensación amada, vuelve y tómame

Cuando se despierta la memoria del cuerpo

Y un viejo deseo cruza de nuevo por la sangre

Cuando los labios y la piel recuerdan

Y sienten como si volvieran a tocar.

Vuelve muchas veces y tómame en la noche,

Cuando los labios y la piel recuerdan.

Constantin Kavafis