10- Sonetos X, XI y XII

Pablo Neruda

Soneto X

Suave es la bella como si música y madera,

ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,

hubieran erigido la fugitiva estatua.

Hacia la ola dirige su contraria frescura.

El mar moja bruñidos pies copiados

a la forma recién trabajada en la arena

y es ahora su fuego femenino de rosa

una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

Ay, que nada te toque sino la sal del frío!

Que ni el amor destruya la primavera intacta.

Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

deja que tus caderas impongan en el agua

una medida nueva de cisne o de nenúfar

y navegue tu estatua por el cristal eterno.

Soneto XI

Suave es la bella como si música y madera,

ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,

hubieran erigido la fugitiva estatua.

Hacia la ola dirige su contraria frescura.

El mar moja bruñidos pies copiados

a la forma recién trabajada en la arena

y es ahora su fuego femenino de rosa

una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

Ay, que nada te toque sino la sal del frío!

Que ni el amor destruya la primavera intacta.

Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

deja que tus caderas impongan en el agua

una medida nueva de cisne o de nenúfar

y navegue tu estatua por el cristal eterno.

Soneto XII

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

qué oscura claridad se abre entre tus columnas?

Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,

con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:

amar es un combate de relámpagos

y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,

tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,

y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre

hasta precipitarse como un clavel nocturno,

hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

8- Podríamos tratar de describir tu cuerpo

Podríamos tratar de describir tu cuerpo, en líneas espontáneas…

Comencemos por la faz, brillante, iluminada del saberse amada.
Tu mirada luego, la gloria para cualquier mortal. Profunda, penetrante, que traspasa e intimida.

Son ojos que descifran cualquier enigma, confunden, enamoran, desnudan; todo aquel que sea mirado, quedará marcado para siempre con su envidiable encanto.
Tu sonrisa ahora, el paraíso alucinado del idiota en la cueva. No hay ni habrá una llamada de atención más impactante que voltear y encontrarme con ella.

Una extensión de tu rostro, que emite una deslumbrante jerarquía de monarca, probablemente egipcia, es tu estilizado cuello.

Miles de rutas surcan tu pecho, aquel por recorrer infinitamente, sediento, en busca del elíxir que me alimenta el alma.

Hombros seductores, desnudos, ébanos articulados que adoro acariciar.

Al reverso, esa área erótica que con solo rozarla uno de mis dedos mágicos se enciende con bullicioso aroma y sudor. Aterrizar mis manos en tu espalda es sin duda mi obsesión matutina.
Brazos de mármol formados, no con cincel pero con caricias de suaves mares, aquellos que añoro tener a mi alrededor, que me asfixien con su fuerte brillo.

Senos perfectos conformados de lava hirviente, mantienen mi pasión perenne en sus islas eróticas cuyos besos acallo hasta la embriaguez de mis sentidos.

Torso delirante, piel aterciopelada, el cosmos que brilla ante un sol incandescente. Es la esencia del ritmo frenético cuando te amo.

Muslos íntegros, más grandes que la imaginación de Fidias, resplandecen con el movimiento de tu vaivén, molesta no poder asirlos cuando se desplazan por el corredor, cuando los besos del pasillo se imponen.

Piernas alargadas, pies oníricos, fuerza de mi caminar cuando te deseo y encuentro.

Y finalmente tus manos, que en este irracional orden son últimas, magia de los sentidos, extensión de los deseos, tu primer contacto con mi ser, desde tiempos ancestrales. Inolvidables para el que las prueba y hechizo para el que las ve, pertenecen desde el inicio del tiempo a mi alma, vibran, mueven hilos, deciden destinos, ordenan destierros y señalan la luz de mi amor.

®Derechos reservados 2016. La Mirilla.

2-Segundo probable inicio

Era de noche y el grupo de gitanos se reunía para celebrar el aquelarre fuera de la cueva donde amarado de cuernos y patas, estaba al cabrito azabache. Frente a él ardía una gigantesca hoguera de lenguas naranjas y violetas que iluminaban el campamento y matizaban la noche con una perfecta combinación roja y negra. Para Soraya, la ceremonia adquiría otro sentido a la medianoche; era momento de apartarse de la muchedumbre para recibir el abrazo del amado, aquel hombre que la hacía viajar a otra dimensión y sentir que la tierra giraba al revés.

Aquelarre es una palabra castellana que deriva a su vez de la voz vasca akelarre (del euskera aker, macho cabrío, y larre, prado), que significa “prado del macho cabrío”, pues se pensaba que el Diablo se hacía presente en medio de las brujas bajo la forma de ese animal y en ese preciso lugar.

El aquelarre es la forma genérica de denominar a la agrupación o reunión de brujas y brujos para la realización de rituales y hechizos, bien como creencia religiosa precristiana o neopagana, o bien aceptado en escritos cristianos como actos de invocación y adoración a Lucifer. Este término también se emplea ampliamente en las obras de ficción y fantasía para definir a los clanes o grupos brujescos que se juntan para efectuar ceremonias mágicas y encantamientos, tanto benévolos como maléficos.

Tanto el diccionario de Espasa como el de Santillana, así como la enciclopedia Larousse, definen la palabra simplemente como una congregación de brujas y brujos, mientras que el Diccionario de la lengua española acepta únicamente el término como reunión nocturna de brujas y brujos presidida por Satanás que generalmente se presenta en forma de macho cabrío, acepción coincidente con la veneración diabólica aportada desde el cristianismo. Si bien miles de personas fueron ajusticiadas bajo la acusación de haber participado en estos encuentros luciferinos, sólo han llegado hasta nosotros las actas acusatorias; no han sobrevivido pruebas de que estas reuniones realmente se hayan realizado. No obstante, y de seguir con la teoría que insiste en la veracidad de este tipo de sabbats o aquelarres, su época de apogeo parece haber tenido lugar entre fines de la Edad Media hasta el siglo XVIII.

cabra negra
Macho cabrío negro de los Pirineos o Akerbeltz.

Es interesante destacar que Anna Armengol (Universidad Autónoma de Barcelona) en su estudio de la brujería indica sobre el origen de la palabra que: “Por lo que respecta al origen de la palabra aquelarre, la hipótesis de Mikel Azurmendi de que no es una palabra vasca, sino una construcción culta emanada del lenguaje jurídico culto, ha sido corroborada recientemente por Henningsen. Éste afirma que se trata de una construcción erudita de principios del siglo XVII. Incluso precisa la creación de dicho término datándola entre el 14 de febrero de 1609, en que el Tribunal de Logroño recibe un nuevo grupo de presos de Zugarramurdi, y el 22 de mayo del mismo año, en que la palabra aparece por primera vez. Ha sido posible detectar como probable “inventor” de la palabra, al inquisidor Juan del Valle Albarado”.

Antropológicamente, los aquelarres eran reminiscencias de ritos paganos que se celebraban de forma clandestina al no estar admitidos por las autoridades religiosas de una época. La prohibición de estas prácticas mágicas se encuentra ya en la Ley de las XII Tablas (Tabula VIII). En la época de Sila se promulgó la Lex Cornelia de Sicariis et Veneficiis, que insiste en esta prohibición.

En el inicio de los tiempos, los aquelarres fueron promovidos por magos y brujas para curar el alma y el cuerpo de sus enfermos. La orgiástica ceremonia se llevaba a cabo cada luna llena en adoración al cabrón azabache, era una celebración a la vida y los placeres que la acompañan, y el vino, la danza, los cantos y la música, el humo del incienso, el fuego enardecido y los rituales de magia era parte de ella. Los cantos de los gitanos y el sonido de las guitarras tocadas con un estilo salido del alma que enajena, que crispa los cabellos, que enloquece los sentidos, inundaba las noches de aquelarre.

Una larga cabellera negra y brillante, unos ojos negros con una mirada de edades más allá de los tiempos se asomaba tras las rocas y delimitaba la entrada a la cueva. Era Soraya que se mantenía a la expectativa calculando el momento exacto para poder huir al fondo del bosque sin ser vista y encontrarse con él. La fuerza de la determinación era su motivo de vida; el amor, su recurso y refugio.

El baile frenético seguiría toda la noche hasta la desaparición de la luna llena, cuando todo volvería a la normalidad. La danza exuberante con el macho cabrío y la cura de los enfermos era el momento idóneo. Soraya anticipaba delirante, ansiosa y hasta angustiada el momento preciso.

Soraya temía sólo a una cosa: la fuerza de su padre quien encorvado como un duende maligno, se mantenía al acecho para no permitir los escapes de gloria y libertad de su hija. Fugaz nunca permitidas y siempre negadas; ella no podía tener cerca la presencia de un hombre, un amigo o un compañero; el único permitido sería siempre él, su padre, a quien debería de cuidar hasta la muerte. Ese era su sino, su misión por ser mujer y primogénita.

Soraya había sufrido al lado de ese hombre toda su infancia; era un ser violento y estricto que tenía por costumbre aquietarla con duros regaños y golpes en el cuerpo donde nadie lo notara, para no ser blanco de críticas por su brutal manera de ejercer la disciplina. Encontraba placer en exhibir la belleza de su primogénita y le exigía brindar sus favores ya fuera a los artistas de otras latitudes y clanes que él mismo invitaba, o a sus amigos de farra. Soraya – debía bailar, cantar o acceder a cualquier petición que le hicieran.

Estar siempre ebrio y del humor que mejor le pareciera igual que fumar hasta el amanecer con sus amigos en fiestas de excesos, era lo habitual en él. Era como un ogro extraído de un cuento de horror, un ser mitológico del averno, sin duda alguna. Su cuerpo se había deformado hasta convertirlo en un décimo de su formato original. Demasiadas bacanales le habían afectado de tal manera el razonamiento que cuando no estaba totalmente cuerdo le daba por intentar dominar por la fuerza a todo aquel que le rodeara.

Siendo patriarca del clan, alguna vez demostró su capacidad de liderazgo e integridad cuando luchó por preservar y poner a salvo de la extinción a los miembros de su grupo. Pero los interminables desórdenes en su vida obraron una profunda transformación en su persona; su mente y su corazón se fueron hacia el lado oscuro. Entonces comenzó a anteponer sus placeres e intereses personales sobre las necesidades de su gente y poco a poco el gusto por verlo se convirtió en repulsión y dejaron de buscarlo amigos, compañeros de caza y de botellas. Todos lamentaban el deplorable estado en el que se encontraba, y en el que habría de morir irremediablemente, después de mucho tiempo.

Su condición le condenó a ser apartado del consejo del clan. La gente que lo rodeaba ahora lo soñaba, deseaba y hasta hubiera pagado por verlo muerto, pero él se resistía a dejar el mundo de los placeres, del dominio sobre todo lo que le rodeaba; aún sin la capacidad suficiente para hacerlo, terco y obcecado, cosechando más angustias, provocando más dolor, ejerciendo y cubriendo al mundo que lo rodeaba de oscuridad, de maldad y vejación, siempre se mantuvo aferrado a su perversidad.

La edad, aunada a sus incansables dolencias, eran motivo de queja constante desde su mejor papel de víctima para llamar la atención de su hija.

Él sospechaba de los escapes de Soraya, y aquella noche no despegaba la mirada del único paso franco hacia las profundidades del bosque. Agazapado entre ramas de helechos y arbustos teñidos de luces fulgurantes, sabía que llegaría el momento en que podría confirmar sus temores: el hechizo que ese hombre venido de otra raza, que cautivaba a su hija  mayor y la más bella de todas, se haría presente; entonces sabría cómo la invitaba a la desobediencia  sólo con la mente.

Aquella noche, la preferida por su hermosura y personalidad, estaba lista para el encuentro. Mujer esbelta de contornos suaves,  de movimientos agitados al bailar que externaban su sangre y su origen vibrante en cada giro cuando bailaba con la gracia de un ángel; su rostro, con esa belleza que impacta, tez morena y ojos oscuros iluminados por la energía de vidas pasadas; labios simétricos deseosos de conjurar su penitencia dolorosa, expresaban la tensión de una resuelta actitud. Totalmente ataviada con ornamentos que resaltaban su hermosura, salió de su escondite y se encaminó hacia el bosque.

Al ritmo del laúd y del pandero los asistentes comenzaron a bailar convirtiendo el entorno en una fiesta frenética de  danzas alegóricas de doncellas y hábiles intérpretes. Soraya hizo un ademán invocando a los dioses y se despidió en silencio del grupo con un ligero temor a lo desconocido, pero resuelta a intentarlo. Al giro de uno de los bailarines desaparece de la escena saltando de golpe y se interna en la noche; su padre,  que hasta entonces se hallaba a unos cuantos pasos de la estrecha vereda que delimitaba el campamento de la floresta, la busca entre la multitud pero no logra verla; se esfuerza,  se inquieta, pero no quiere ser detectado.

Envuelta en una capa oscura, ella llama a todos sus protectores con la fuerza de la mente y se enfila sigilosamente hacia los brazos del amado que la espera cruzando el puente de las cumbres, del otro lado del río.

Él, joven de otra cultura que alguna vez la contempló, grácil y sugerente, danzando armoniosamente para las fiestas del pueblo, perdió su inocencia sólo con haberla mirado; no existió desde entonces ninguna otra doncella que hiciera sentir al corazón dando vueltas sobre su eje.

Él pertenecía a una familia de destacados comerciantes que llevaban materias primas a otras comunidades y retornaban con productos terminados; así era como podían mantener una posición cómoda. No acostumbraban el intercambio con gitanos porque los consideraban poco confiables debido a sus antecedentes nómadas.  Paradójicamente, una fiesta gitana donde todos eran uno al momento del éxtasis fue el lugar de su primer encuentro con Soraya, y agradeció al universo esa sincronía; la interpretó a la usanza mitológica de pertenecerse en cuerpo y alma, pasando por alto hábitos y costumbres.

Ya en lo profundo del bosque ella suspira, tiene miedo, irradia el anhelo de libertad mas no lo refleja por estar prohibido dentro de su comunidad. Sabe que su padre será implacable con ella si descubre su secreto. Ella se aleja del grupo y se dirige al otro lado del rio. Su amado entiende que es el momento de salir a su encuentro, y sin cuidar sus pasos se interna en la espesura del bosque con una visión de ensueño en la que Soraya le tiende los brazos amorosamente.; va ciego, anestesiado por el enamoramiento, absorto con la imagen solamente de ella en el corazón.

El padre decide adelantarse por el camino más corto hacia el río, sabe que ella no desaparecerá por arte de magia. Presiente que encontrará lo que tanto busca, la culpabilidad de Zoraya al haber entrado en contacto con un hombre que no es de su raza ni de sus costumbres y tiene planes que ya están trazados.

En la otra orilla se encuentra un contingente de paisanos que salen de viaje, llevan un circo de animales salvajes y seres fenomenales. Van visitando los pueblos, atraen a los habitantes aprovechando su curiosidad por lo nuevo y lo desconocido, por lo grotesco y lo atractivo, lo bello o lo amorfo, para todos hay. El dueño del circo ha jugado una noche con el padre  de Soraya y le ha ganado una apuesta: poseer a la más altiva, a la más hermosa de sus hijas y a cambio de ello, perdonarle sus deudas. Y así el doble plan funcionaría de mil amores.

Ella cruza el puente a oscuras y repentinamente se ilumina la carpa, el patrón salta de entre la hierba. Sorprendida, queda a merced de su captor que la obliga a ingerir una sustancia que le adormece los sentidos, pierde su voluntad, olvida su cometido, abandona la vida y se vuelve un artífice de circo.

-“¡Danza, mujer, que para eso estás en la vida!”-, le grita el patrón.

Ella se queda girando vuelta tras vuelta tras vuelta, perdida en la inconsciencia sin detenerse para descansar; el patrón ríe y goza la fabulosa prenda que le hará rico en sus próximos viajes.

En uno de los puestos laterales, el padre de un lado, el muchacho del otro, se encuentran cara a cara. Un cinismo más allá de toda dignidad humana se refleja en el rostro el padre al ver la desesperación del mozalbete cuando cree que Zoraya se ha ido con otro hombre. El joven no presiente más allá de sus celos y queda atónito con su hipnótica danza.

El padre ríe a placer en la cara del muchacho quien intenta recuperar la imagen que tenía de su amada lanzándose sobre el patrón con la mirada llena de sangre, deseando acabar con su vida, pero es detenido por un par de trapecistas que le propinan una golpiza mayúscula.

Ella, se fue con el circo y nunca más volvió, perdió la noción del tiempo y se convirtió en una nómada sin alma. Desapareció del mapa dejando atrás un amor que estaba destinado a trascender siglos. Él, murió de amor, se fue consumiendo de poco en poco, se apartó del mundo y dejó de luchar por sus ideales, no tuvo interés más allá del de sobrevivir. La llama que lo consumía por dentro terminó con su vida en cuestión de meses y nadie supo claramente el motivo de su muerte.

Sin embargo, dentro de su corazón, sabía que, alguna vez, en un futuro y en otra vida, llegaría de nuevo a sus brazos para regalarse entero, para decirle todo lo que había contenido esa noche y que nunca pudo pronunciar. Estaría de vuelta para vivir plenamente a su lado, aunque fuera por un instante, para entregarle lo mejor de su vida, sin frenos ni barreras.

Ahora, el volver a ti me hace soñar de nuevo.

1-Probables vidas anteriores

Estaba entrando la oscuridad, él buscaba desesperado a su amante.

Los jardines del palacio se mantenían apagados por orden del rey. Sólo las rocas relucían con el brillo de la luna, algunos destellos y el reflejo en el agua de los pequeños lagos habitados por aves de plumajes exóticos, batracios de piel brillante y peces multicolores daban a ese entorno una luminosidad fantástica. Los lirios sombreaban espectralmente al agua, los nenúfares flotaban destellantes como estrellas al alcance de la mano.

No la llamaba con palabras, sino con el pensamiento puro de los enamorados. Con ese lenguaje que sólo el haber vivido el amor nos deja aprender lo que significa el ansia del abrazo deseado.

La conoció siendo un niño, pero su condición de princesa no le permitía acercarse a ella; sólo se permitía pensarla y desearla desde su muy lejana cotidianeidad. Ella, la destinada a reinar a la muerte de su padre, él sirviendo en el puesto del Soho que sus padres le heredarían en un lapso de 10 años seguros.

Él, con traje de sedas brillantes rojas, verdes y azules, se propuso entrar esa noche a escondidas, trepando con audacia, desafiando los peligros de los guardias imperiales apostados cada cincuenta brazadas, armados con lanzas, dispuestos a ultimar por cercanía a cualquier extraño que pudiera presentarse.

El riesgo era grande y de ninguna manera fácil de sortear, pero su amor por ella era más grande de lo que él imaginaría. Subió por el muro como aquellos insectos que poseen la característica de no necesitar adosarse más que a las piedras. Subió sin miedo, sin pensar en las consecuencias de sus actos.

Ella, de tez morena, ataviada con un hermoso sahari turquesa de sedas y estampados con hilos de oro, iba al encuentro de sus brazos, con ansiedad casi. Nunca lo había visto hasta el día de su paseo por el mercado acompañada por su séquito de eunucos y damas de la corte.

“Sólo por conocer a los súbditos de mi reino- pensaba ese día-, sus faenas y los productos que el estado produce, ¿de qué se alimenta mi pueblo?”- se dijo. “He visto que existen muchas diferencias entre ciertos hombres, mujeres y niños que contrastan con lo que cotidianamente percibo en la corte. Su constitución, vestimenta, modales, son de otro mundo al que yo pertenezco y sin embargo, serán mis súbditos. Mira a ese hombre, por ejemplo, ofreciendo los productos de su cosecha con una manta por vestido, sin más atuendo que el sencillo envoltorio de una tela casi blanca, casi limpia, casi entera. O ese otro, con una ceñidura que sólo sirve para dividir su cuerpo en dos y sostener sus pantalones que le llegan a la rodilla, con el pecho descubierto, dedicado a la fabricación de vasijas y utensilios de metal”.

“He de entender que todos ellos tienen un destino y un trabajo por hacer, pero cuán feliz es su vida, ¿será acaso llena de amor y esperanza, o por el contrario, son sufridas existencias sin un destino definido, andando a la deriva con una vida decidida por los dioses?”

Él, apostado detrás de un taburete pensaba en el momento de verla pasar. Cuando niño, en una entrada triunfal del ejército, ella se asomó por el balcón del palacio. Esa fue su primera vez.

Él había tenido el cuidado de arreglar las vasijas de barro decoradas por su madre, confeccionadas por el padre, que había vendido por años en ese lugar. Esta actividad les había permitido vivir honrosa, mas no holgadamente. Les había brindado la oportunidad de aprender a hacer cuentas, escribir y leer, ya que el comercio había sido el detonador para la alfabetización de la ciudad. “Yo seré un gran mercader viajando a tierras indomables, traeré lo nunca antes visto por mi pueblo, sorprenderé hasta al más sabio con artículos de cerámica que nunca antes hayan visto, traeré a mi comunidad los más vivos retratos de otras culturas. ¡Será una era diferente por ser yo el promotor del cambio!” así hablaba el descarado.

Una tormenta que inundó la ciudad había sido la segunda oportunidad de encontrarse, ahora sí, de cara con ella. Vientos con fuerza de huracanes se desataron ese día de tormenta, por horas, la lluvia caía y derrumbaba los techos, la comunidad estaba siendo arrasada por un temporal.

Ella con su bondad y misericordia acudió al pueblo para ayudar a los habitantes, los llevó al palacio y les dio abrigo, protegiéndolos de la inclemencia del huracán. Asiló a las mujeres en habitaciones destinadas a los visitantes, mientras que los hombres acometían con energía a limpiar, dirigir el agua hacia los canales construidos por los ingenieros desde hacía más de 50 años. Nunca antes habían sufrido algo similar.

Sus caminos se cruzan durante la agitación del suceso. Ella, totalmente empapada, él se detiene a milímetros de su cara y queda paralizado por su belleza, por su mirada profunda, sus ojos negros de brillo único. Se miraron por un instante sabiendo desde sus corazones que no existía la casualidad, sino la causalidad.

Con la colaboración de todos los súbditos, el ejército y la nobleza, el reino entero superó los destrozos causados por la inundación. Se llevó entonces a cabo una ceremonia de alegoría donde todos se congratulaban por estar con vida, las pérdidas humanas habían sido mínimas y las materiales siempre podían arreglarse.

Ella paseaba entre la multitud, altiva pero compartiendo una sonrisa, deseando a todos una pronta recuperación de sus pérdidas. Él, de pie sobre uno de los escalones del jardín, la observaba cuidadosamente siguiéndola con la mirada. Ella lo percibe y recuerda su fugaz y efímero encuentro siendo niños. Sin haber terminado su recorrido dirige a su admirador y le confiere más que una sonrisa; “Tú eres aquél hombre que me encontré en los pasillos del palacio, te recuerdo. También me quedé con tu mirada en mi mente; me gustaría compartir contigo algún mantra, durante las festividades de nuestro templo.”

“Yo sólo soy un humilde comerciante, su Alteza, pero si esos son sus deseos, estaré puntual a la cita el primer día del festejo”, le respondió. “Yo no he dejado de soñarla cuando tuve la hermosa aparición de su belleza, a sólo un instante de tocar su cuerpo. A sólo un breve momento de su mirada, sus ojos y su calor. La angustia de no poder acercarme a usted me consume día y noche.”

Ante tales revelaciones la princesa quedó prendada de tal confesión.

Durante las festividades de la cosecha tuvieron tiempo para conversar, lo que resultó en el enamoramiento de dos personas que no podrían compartir sus vidas más que a escondidas.

A dicho encuentro siguieron varios más, todos ellos cobijados por la oscuridad de los jardines del palacio. En sus escapes, sus besos eran poemas de amor que permanecían por instantes dentro de sus almas. Los cuerpos parecían fundirse en una pasión de otros mundos.

Pero tal amor no pudo pasar desapercibido para los guardianes de la corte. A la princesa se le prohibió salir de su habitación durante dos meses y la vigilancia se redobló en torno al palacio. Fue entonces que, a través de cartas y con la complicidad de una de las más fieles sirvientes de la princesa, pudieron mantenerse en contacto.

Esa noche, decidido a su reencuentro y arriesgándolo todo, él saltó el muro del jardín al encuentro de su amor. Pero desde las alturas lo seguía un guardia, y al llegar a su destino, a los brazos de su amada, el guardia apuntó con su arco y lanzó una flecha que por azares del destino alcanzó el cuerpo de la princesa, quien murió al instante.

Él fue tomado prisionero y acusado de ser el causante de la muerte de la princesa. El rey con su tristeza y amargura decidió degollarlo días después.

Él, sin haber amado, sin haber vivido lo suficiente para cumplir con sus sueños. Ella, sin poder depositar en el hombre que amaba su enorme cariño.

Ahora el volver a ti me hace vibrar de emoción”.

La Mirilla.


Dos probables inicios

Tengo muy claro en la mente que decidí inventar dos primeros temas de donde partir en la estructura de mi labor como escritor para La Mirilla. Están íntimamente relacionados a un acto de sincronía con una mujer extraordinaria, por naturaleza divina -eso me pareció.

Los dos inicios definen de manera muy distinta mi percepción de su personalidad, sus virtudes o defectos, que en el enamoramiento es fundamental. Sería pretensioso decir que conquistarla surgió como idea únicamente de una apuesta entre dos amigos pero en realidad, ese desafío solo alimentó mi deseo de enamorarme de ella.

Cada inicio se sitúa en regiones, tiempo y espacio de mi imaginación diametralmente separados entre sí, pero probables por los orígenes de ambos, que a fin de cuentas son dos extremos que se encontraron en tiempo y espacio.

El Beso de Auguste Rodin

Se dice que existen momentos de “sincronía” en la vida, donde dos almas coinciden de nuevo el punto focal de su pasión. Que se reencuentran en esta vida después de milenios, que la intensidad en la vida no es igual por el momento, ya que se reencuentran después de varios siglos; es entregarse a fondo porque tienen deudas pendientes entre sí con esa dulzura que nace del corazón sin censura ni condiciones humanas, una bruja de las Cumbres que no se detuvo con sus encantos sinceros haciéndome perder el rumbo. Y cuando uno está enamorado puede decir esto y soñarlo; dos almas de un par de extremos en cultura, religión, costumbres (algunas). Esa es la principal motivación, el estímulo de este cuenta-cuentos.

Traté de explicar ese regreso de almas al mismo lugar cuando se encontraban en éxtasis y donde el destino los separó, con la misma pasión en los dos probables inicios, haciéndolo más romántico y sentido. Ingrediente principal del re-encuentro de la protagonista.

La primera es la historia de dos polos opuestos atraídos por la mirada en un encuentro casual a manera de un cuento que alguna vez escuchamos. La segunda nos habla de una leyenda de gitanos que no pudieron ser, parecido un poco más a nuestro carácter finalmente. 

A manera de Índice

“Ábranla que llevo bala”

Proverbio charro
Presentación

 “La Mirilla” es un libro que está conformado por historias de la imaginación y experiencias propias, anécdotas y relatos. Decidí integrar algunos poemas escritos por gigantes como Kavafis, Borges, Neruda, Venerable Tughten-Chodron, el Dalay Lama, El Venerable Samu-Sunim, Antonio Gala, Gandhi, Benedetti, Víctor Hugo y muchos otros que se escapan al momento que escribo, pero que influyeron en la forma de aceptar mi condición de escritor, que me impactaron emocionalmente, muchos de ellos por influencia de una mujer muy destacada. Desparramados a través de los episodios, es factible encontrar algún laso que los une al tema. Los relatos o historias son pasajes de mi vida, aspectos enfocados a la cercanía a la muerte en eventos y circunstancias únicas, constantemente presente en muchos episodios, siempre acompañándome.

Todas estas historias tienen su origen por la presencia, energía y amor de una mujer (que considero mi Zahír). Tenemos lasos kármicos pero ella aún no lo acepta -eso digo yo.

Otras historias más, son esos elementos que vistos a través de una mirilla nos muestran de una manera personal y único, la realidad, que para cada uno de nosotros fue/es/será esa manera de hacerla nuestra. Testimonios de amigos queridos, vivencias compartidas, algunos de los cuales ya no están en este plano terrenal, otros seguimos por acá.

Los encabezados corresponden a proverbios charros, recopilados por un personaje muy querido en ese ámbito amigo de mi padre, José M. Cuarón. Existe una recopilación de ellos en “Los Refranes, Dichos y Dicharachos de los Hombres de a Caballo”. Otros son citas de personajes de la historia que nos marcaron obligatoriamente.

Te imagino nadando en Las Estacas y viendo todas estas realidades juntas.

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